Esta
semana ha sido particularmente inquietante en cuanto a
los anuncios que la comunidad científica ha hecho sobre
el estado actual del planeta de frente al cambio
climático. La humanidad y toda la vida en el planeta
está cayendo ya por un acelerado tobogán hacia la
extinción que, de no tomar medidas de emergencia
verdaderamente coordinadas entre toda la comunidad
internacional, nos colocará en la posición de no retorno
en tan solo diez años (le invito, querido radioescucha,
a que recuerde qué estaba haciendo usted hoy hace diez
años y, así, pueda percibir lo reducido del tiempo que
nos resta para enfrentar a este colosal desafío).
El lunes pasado -5 de agosto-, el
World Resources Institute publicó un informe sobre la
situación actual del agua, advirtiendo que un cuarto de
la población total del planeta enfrenta un riesgo cada
vez más urgente de quedarse sin agua. De hecho, en el
Medio Oriente y Asia suman ya 17 naciones que ya padecen
un estrés hídrico extremadamente grave y que están
usando hoy toda el agua de la que disponen, pero
continúan incrementando su población. Sumado a esto, el
cambio errático en los patrones de las lluvias aumenta
la incertidumbre respecto a la disponibilidad futura de
agua y las reservas subterráneas del vital líquido están
agotándose rápidamente en todo el orbe. Éste es el caso
de la Ciudad de México o de Bangladesh, donde la alta
dependencia de los suministros subterráneos está
provocando hundimientos y una pérdida acelerada de la
capacidad de abastecimiento de agua para la población.

El informe del World Resouces
Institute concluye que hoy son 33 ciudades con más de
tres millones de habitantes (es decir, alrededor de 255
millones de personas en conjunto) las que ya están
sufriendo un estrés hídrico extremadamente alto, lo que
perfila y vaticina graves repercusiones para la salud
pública y agitación social. Para el 2030, se prevé sean
45 ciudades las que padezcan un grave estrés hídrico
(con un total de 470 millones de personas,
fundamentalmente en territorios áridos); en el mapa
presentado en este informe para ubicar los impactos
regionales, prácticamente todo el territorio mexicano
aparece afectado.
Y si existiera alguna duda de que
esto ya comenzó, sólo hay que revisar las declaraciones
también de esta semana de la titular de la Comisión
Nacional del Agua, Blanca Jiménez, en el sentido de que
diez de los 20 sistemas de almacenamiento de agua con
los que cuenta México están en números rojos (poniendo
en riesgo ya el suministro de agua para la población,
para la agricultura y para la generación de
electricidad). Por si esto no fuera suficiente, el país
padece un déficit de lluvias de un 18%, y los estados
típicamente abundantes en recursos hídricos (Veracruz,
Tabasco y Chiapas) enfrentan hoy sequía moderada y
extrema. Y, como corolario a esto, la Organización de
las Naciones Unidas dio a conocer este jueves -8 de
agosto- que los recursos de agua y tierra del mundo
están siendo explotados a niveles sin precedentes, lo
que, sumado al cambio climático, pone en riesgo ya la
capacidad de los humanos para producir alimentos.

De frente a esta gravísima crisis
ambiental, social y económica, en México no estamos
hablando de ello ni mucho menos se está incorporando en
la agenda gubernamental propuesta alguna de política
pública para instrumentar acciones de adaptación y
mitigación de los impactos que ya comienzan a vivirse.
En su lugar, estamos empantanados en discusiones diarias
sobre acusaciones y rencillas políticas (algunas de
ellas ciertamente necesarias, pero otras sólo
distractoras), y no se dedica tiempo equivalente al
diálogo con la ciencia y a la construcción de soluciones
a la crisis que ya vivimos en materia de disponibilidad
de agua, pérdida de recursos naturales y diversidad
biológica, cambio climático y demás variables que
afectan directamente al bienestar de la población.
Invito a nuestra audiencia a que
revise el informe de esta semana del Panel
Intergubernamental sobre Cambio Climático, así como el
informe del World Resources Institute sobre la
disponibilidad de agua; ambos ofrecen vías de acción
para enfrentar, ciertamente con un sentido de urgencia,
pero de manera esperanzadora, las condiciones que hoy
amenazan a la vida en el planeta.
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