De
acuerdo con información recopilada por el Foro Económico
Mundial, cuyas fuentes fueron la revista de divulgación
científica PLOS One y Crowder Lab (un centro de
investigación de ecología marina y conservación), de no
detener el calentamiento del planeta y el consecuente
cambio climático, para el año 2050 las principales
ciudades del orbe vivirán en un escenario radicalmente
distinto al actual. La ciudad de Londres, en el Reino
Unido, tendrá un clima semejante al que hoy tiene la
ciudad de Barcelona, en el Mediterráneo ibérico; la Gran
Manzana -Nueva York-, presentará las temperaturas que
hoy son las usuales en las playas de Virginia, cientos
de millas al sur en la costa atlántica estadounidense;
la capital rusa, Moscú, tendrá en el año 2050 las
condiciones meteorológicas de Sofía, la capital búlgara;
y Madrid experimentará las sofocantes temperaturas que
hoy presenta la ciudad de Marrakech, capital turística
del árido y caluroso Marruecos.

Los científicos citados por el Foro
Económico Mundial en una reciente publicación estiman
que tres cuartas partes de las ciudades del planeta
sufrirán variaciones significativas de sus actuales
patrones climáticos, haciendo que muchas de las urbes
del hemisferio norte tengan climas subtropicales y que
las ubicadas en los trópicos padezcan de sequías
considerables. Se estima también que cerca de un cuarto
de las ciudades del planeta padecerán de climas nunca
vistos en alguna urbe existente, lo que incluye a
lugares como Nueva Delhi, Beijín, Yakarta y a la ciudad
de Washington, en los Estados Unidos.
Con el cambio tan radical que se
espera suceda en los patrones globales de las lluvias,
las inundaciones y la sequía serán variables que
afectarán a numerosas poblaciones en todo el planeta; y,
suponiendo que se lograra estabilizar el calentamiento
global en los 2 grados centígrados (como se planteó en
los Acuerdos de París), las ciudades serán espacios en
los que las altas temperaturas se amplificarán como en
ningún otro sitio.
Lo anterior es evidente, pues la
concentración de construcciones de concreto y de vías de
rodamiento de asfalto produce necesariamente islas de
calor (un fenómeno ya ampliamente conocido en todo el
mundo). De frente a este preocupante pronóstico
-conocido por muchos de nosotros y reiterado en días
recientes por el Foro Económico Mundial-, es necesario
que insistamos en la necesidad de que los gobiernos y la
sociedad civil trabajemos de la mano en la formulación e
implementación de políticas públicas que nos permitan
comenzar a desplegar acciones inmediatas para adaptarnos
a los escenarios que ya se visualizan.
Es aquí donde toma vigencia el
llamado hecho por la organización The Nature Conservancy
(que reúne a cientos de científicos de 72 países) en el
que plantea la necesidad de que las ciudades inviertan
en la plantación de árboles como parte de la
infraestructura básica de salud, garantizando además el
derecho humano a respirar un aire limpio. Para nadie es
desconocido el efecto que tienen las zonas arboladas en
la regulación de los microclimas urbanos y el potencial
que tienen las acciones de reforestación para revertir
el deterioro del suelo, mejorar la calidad del aire o
favorecer la captación y filtración del agua de lluvia a
los mantos freáticos.

Para el 2030, el 83% de la población
de México vivirá en ciudades y, para el 2050, el 88% de
los habitantes de este país estará concentrado en zonas
urbanas. Así que, cualquiera que se jacte de estar
trabajando por el bienestar de la población o de querer
sentar bases sólidas para combatir de manera realmente
efectiva la pobreza y la desigualdad que hoy nos agobia,
no puede dejar a un lado consideraciones como las que
aquí he señalado.
De
frente al calentamiento del planeta y al cambio
climático, las ciudades serán los espacios más
vulnerables y sus poblaciones las más impactadas en su
realidad económica, social y ambiental. No instrumentar
desde ahora medidas dirigidas a la adaptación a los
cambios que se avecinan es, desde mi perspectiva, además
de una actitud antidemocrática, una omisión que será
reclamada en el futuro inmediato como la falta de
oportunidad e inteligencia por parte de los tomadores de
decisiones, aún cuando se contaba -como es el caso- con
la información necesaria para prevenir condiciones
adversas y desastrosas.
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