Son
numerosas las consecuencias que producen en el medio
ambiente las actividades que todos realizamos cotidianamente
(como el uso de la energía eléctrica, del transporte o la
generación de basura, entre otras), y si bien podemos
identificar y controlar estos impactos en alguna medida,
muchos otros están aparentemente fuera de nuestro control.
La situación se vuelve más preocupante al saber que muchos
de estos efectos que generamos sobre el medio ambiente no
los percibimos de manera cercana ni inmediata y, por tanto,
no les atendemos con la celeridad con la que se requiere
para evitar consecuencias funestas.
Esto es lo que hoy está sucediendo con nuestros océanos, que
constituyen a las dos terceras partes del planeta Tierra, y
donde se están acumulando los resultados más nefastos de
nuestra irresponsable forma de actuar con la naturaleza.
Los océanos –responsables de la
producción del 80% del
oxígeno que respiramos- están absorbiendo
cotidianamente el dióxido de carbono con el que los seres
humanos estamos contaminando al planeta, volviéndose más
ácidos y reteniendo en sus aguas hasta el 90% del calor
adicional que hemos generado en nuestra atmósfera
(principalmente por la quema de combustibles fósiles).

La pérdida del PH y la elevación de la temperatura del agua
de los océanos afectan ya directamente a las especies vivas
que ahí habitan, al grado que los arrecifes de coral
–hábitat de más de una cuarta parte de los peces del mundo-
están perdiendo sus propiedades para generar alimento y, en
consecuencia, para sostener a sus poblaciones. A este
fenómeno se le llama “blanqueamiento”, básicamente porque
los arrecifes coralinos pierden sus colores característicos
y, según la revista
Nature,
durante los últimos 30 años esto ha matado ya a casi la
mitad de los arrecifes de coral de todo el mundo.
Es preocupante saber que de los 3 mil 863 arrecifes que
componen a la Gran Barrera de Coral australiana -y en
solamente dos años, 2016 y 2017-, la ola de calor y sus
efectos acumulativos mataron ya a la mitad de este magnífico
sistema del Pacífico Sur; y que, durante los últimos 30
años, casi la mitad de los arrecifes de coral del mundo han
desaparecido.


Blanqueamiento de la Gran Barrera de Coral australiana (National
Geographic)

Los pronósticos que hacen los científicos y que son
publicados por
Nature
apuntan a que, para el 2030, el 60% de todos los arrecifes
del planeta estarán amenazados; a que el 98% de los
arrecifes están y estarán expuestos a condiciones
potencialmente fatales cada año; y señalan que, para el 2050
o poco después, todos los arrecifes de coral del mundo
pudieran ser eliminados.
Ante esta situación, los científicos especulan sobre una
posible reorganización natural de los ecosistemas oceánicos
una vez que el cambio climático se estabilice, lo que –desde
luego- resultaría en un escenario de la vida marina
completamente distinto al que conocemos en la actualidad. Se
habla de la subsistencia de arrecifes tolerantes al calor y
al agua más ácida, lo que no garantiza que sus funciones
puedan seguir sustentando la vida de numerosas especies y
poblaciones marinas. Algunos equipos de científicos trabajan
con cierto éxito en el desarrollo de “súper-arrecifes
coralinos”, buscando más rapidez en su crecimiento, que sean
resistentes al calor y a aguas más ácidas; sin embargo, son
esfuerzos aislados que muy poco pueden hacer ante la
velocidad del deterioro que estamos presenciando (como el
caso australiano donde, en sólo dos años, murió el 50% de
los arrecifes).
Nuevamente, la solución a este problema radica en la
adaptación y mitigación del cambio climático, lo que implica
esfuerzos no aislados de pequeños grupos de científicos,
sino más bien concertar acciones internacionales entre
gobiernos y sectores productivos a fin de reducir las
emisiones de gases de efecto invernadero.
Éste es un reto que implicará el diálogo y la concertación
de acciones entre gobiernos y empresarios nacionales (y no
la confrontación), la suscripción de acuerdos y la
reorganización de las cadenas productivas en el contexto
internacional; pero, sobre todo, el reconocimiento –y no la
negación- de que la vida en el planeta está frente a una
encrucijada inédita. ▄
