Educación y
participación ciudadana, acciones pendientes para lograr
eficiencia energética
* Horario de Verano ha alcanzado su punto de inflexión como
medida efectiva en México;
mayor
participación social y educación ambiental,
aún pendientes
*
El impulso de la
juventud para la construcción de soluciones está siendo
suprimido criminalmente, como se ha constatado en fechas
recientes
Por Antena Radio / Edición vespertina / Sección Medio
Ambiente, ¿Qué puedo hacer yo?, Francisco Calderón
Córdova / IMER Horizonte 107.9 FM y 1220 AM
/
Ciudad de México / 27 de octubre de 2014.
Una acción que, sin lugar a dudas, ha sido efectiva para
combatir el volumen de las emisiones de dióxido de carbono,
principal gas de efecto invernadero, ha sido la adopción del
Horario de Verano (conocido en los Estados Unidos
como daylight savings).
Hoy son alrededor de 70 países los que utilizan esta medida
en el mundo y, en México, se adoptó desde 1996 y ha arrojado
resultados positivos en el ahorro energético y en la
reducción de emisiones a la atmósfera; sin embargo –y de
acuerdo con los registros oficiales-, durante los últimos
tres o cuatro años, estos beneficios se han estancado.

Es justo decir que sí, efectivamente existe un ahorro
energético y un abatimiento de la emisión de gases de efecto
invernadero. El Horario de Verano este año 2014 –de acuerdo
con el
Fideicomiso para el Ahorro
de Energía Eléctrica (FIDE)- evitó la emisión a la atmósfera
del equivalente a 543 mil toneladas de dióxido de carbono y
el consumo de 1.4 millones de barriles de petróleo. Esta
cantidad de energía habría sido la utilizada para abastecer
a
642 mil casas habitación durante todo un año.
Pero, lo que llama poderosamente mi atención es que, a
diferencia de lo que vino sucediendo desde el año de 1996 y
prácticamente durante toda la década pasada, en los últimos
cuatro años (que he revisado los resultados oficiales del
Horario de Verano) he observado una reducción sostenida del
índice de ahorro energético.
Tanto en términos económicos como en la cantidad total de
dióxido de carbono emitido a la atmósfera, los ahorros por
la aplicación del Horario de Verano han venido cayendo. Por ejemplo, en el 2011 se reportaron 657 mil toneladas de
CO2;
en el 2013 fueron 595 mil y este año -2014- bajó a 543 mil
toneladas de este gas que no se vertieron a la atmósfera.
Muy probablemente, la medida ha llegado a su punto de
inflexión (si se me permite la analogía) y su contribución a
la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero
no pueda ya dar más.
El Horario de Verano es, entonces, una medida exitosa que
debe seguir aplicándose; por nuestra posición geográfica, no
podemos comparar los resultados de nuestro país con los de
las naciones más norteñas.
Pero, como lo he dicho en ocasiones anteriores, ahora
debemos ocuparnos en fortalecer otras acciones dirigidas a
la eficiencia energética y a la reducción de nuestra huella
ecológica.
En años recientes hemos dado pasos significativos en esa
ruta. Ha habido campañas para la sustitución de lámparas
incandescentes por focos ahorradores o, también, para la
renovación de refrigeradores y electrodomésticos con un
menor consumo de electricidad.
Pero esto es aún insuficiente y presenta un ritmo poco
vigoroso, sobre todo cuando nuestro país ha hecho el
compromiso ante el mundo de reducir prácticamente a la mitad
–para el año 2050- la cantidad de emisiones de dióxido de
carbono que hoy vertimos a la atmósfera.
En mi opinión, para alcanzar la meta comprometida por México
con el resto de las naciones, no podemos omitir el
fortalecimiento de vertientes tan necesarias para el
desarrollo sustentable como lo son la efectiva participación
ciudadana y la educación para la construcción de una
ciudadanía ambientalmente responsable.
Es decir, mientras no resolvamos gran parte de nuestras
deudas actuales con la democracia, el respeto por la vida y
el aprecio por la ecología –lamentablemente- no dejarán de
ser discursos vacíos para una enorme proporción de los
mexicanos.
Este año he tenido el enorme privilegio de formar parte del
jurado calificador del Premio Nacional de la Juventud (en la
categoría de “protección al ambiente”), y me entusiasmo al
constatar que muchos de nuestros jóvenes hoy están ocupados
en la construcción de soluciones.
Pero, por el otro lado, me indigna y me ofende ser testigo
–como lo hemos sido todos los mexicanos- de que ese impulso
renovador de los jóvenes esté siendo suprimido criminalmente
por quienes desprecian a la vida.
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