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Urge regular acceso a la riqueza genética del país y distribución social de sus beneficios 

  

 

 

* Promulga el Ejecutivo Federal el Protocolo de Nagoya y abre el camino para una participación más justa para México en los mercados internacionales  

 

* Es necesaria la divulgación del conocimiento de nuestro capital natural y, así, identificar las áreas de oportunidad para el aprovechamiento de los recursos genéticos

 

  

Por Antena Radio / Edición vespertina / Sección Medio Ambiente, ¿Qué puedo hacer yo?, Francisco Calderón Córdova / IMER Horizonte 107.9 FM y 1220 AM / Ciudad de México /  13 de octubre de 2014.

 

El pasado viernes -10 de octubre- fue publicado en el Diario Oficial de la Federación el Decreto mediante el cual en Ejecutivo Federal promulga el “Protocolo de Nagoya sobre Acceso a los Recursos Genéticos y Participación Justa y Equitativa en los Beneficios que se Deriven de su Utilización al Convenio de Diversidad Biológica”.

 

A grandes rasgos, se trata de un marco regulatorio internacional (adoptado por las Naciones Unidas en octubre de 2010, aprobado por el Senado de la República en 2011 y, finalmente, ratificado por el Ejecutivo Federal en marzo de 2012) que pretende sentar las bases para que cada nación -y, desde luego, sus pueblos- tengan condiciones muy claras para que su riqueza biológica y genética pueda ser aprovechada de manera equitativa y con justicia por la comunidad internacional.

 

 

 Esto es de la mayor importancia dada la naturaleza biológicamente “mega-diversa” de nuestro país. Es sabido que el territorio mexicano alberga entre el 10 y el 12 por ciento de toda la diversidad biológica de la Tierra; somos la nación con el mayor número de tipos de reptiles y de mamíferos marinos, pero también somos lugar de origen de muchas de las especies de  plantas, aves e insectos en el mundo.

 

Sólo por mencionar un hecho que nos define culturalmente frente al resto del mundo, en México tenemos más de medio centenar de razas de maíz nativo y decenas de variedades para cada una de éstas. Pero también, existen regiones específicas que cuentan con especies de flora y fauna endémica (es decir, que no existen en ninguna otra parte del mundo). En Oaxaca, por ejemplo, aproximadamente el 30 por ciento del más de medio millar de especies de aves que ahí encontramos son nativas. O, aquí en la cuenca del Eje Neo-volcánico, donde se asienta la Ciudad de México, es el único lugar de todo el planeta donde vive un pequeño conejo conocido como teporingo o, más específicamente, en los canales de Xochimilco –y en ningún otro sitio del mundo- hay un anfibio llamado ajolote.

 

 

Toda esta riqueza biológica puede y debe ser aprovechada por los mexicanos, fundamentalmente por quienes son sus custodios y poseen -además- el conocimiento de su manejo y de su aprovechamiento (para la alimentación, la medicina y en otras aplicaciones). Y en México, tradicionalmente, han sido los pueblos indígenas los que no sólo han aprovechado sino, también, conservado y diversificado a este invaluable capital natural.

 

Desafortunadamente, la agricultura y la ganadería intensivas, las formas de producción y de comercialización a gran escala han favorecido la pérdida de nuestra diversidad biológica al impulsar el cultivo y orientar la reproducción de sólo algunas especies vegetales y animales. Esto, generalmente, con criterios más orientados por las tendencias del mercado que por la necesidad de un equilibrio en los componentes ambientales o ecológicos de nuestro territorio. En el marco de la globalización de la economía mundial y de su cada día más intensa interdependencia, en el pasado México ya ha tenido experiencias amargas en cuanto al aprovechamiento de su capital biológico y genético por la ausencia de marcos regulatorios internacionales que garanticen la equidad en el mercado global.

 

Por esto justamente, yo creo que es de primera importancia la promulgación del Protocolo de Nagoya que hizo el Ejecutivo Federal el viernes pasado. Me parece que, con ello, se abre el camino para que dejemos de hablar de manera prejuiciosa o desinformada sobre temas como -por ejemplo- el aprovechamiento de la diversidad genética para aplicaciones farmacéuticas, la modificación genética de organismos vegetales para la producción de alimentos o la conveniencia de utilizar o no a los llamados productos “transgénicos”.

 

Será necesario que -tal y como lo contempla el mismo Protocolo- las cámaras legislativas en México inicien un proceso de trabajo, de información y consulta pública a fin de establecer de forma consensuada cuál será el marco normativo que permita no sólo el acceso a nuestra riqueza natural, sino -sobre todo- la manera en que serán distribuidos los beneficios de su aprovechamiento sustentable  entre las comunidades proveedoras y los usuarios.

 

Hay un importante trabajo ya realizado en materia de conocimiento y uso de la diversidad biológica en el país, encabezado por una de las instituciones más nobles y ejemplares de México: la CONABIO. Ahora, es necesario un amplio esfuerzo de divulgación del conocimiento científico, de lo que sabemos y entendemos de nuestra riqueza natural, para entonces sí buscar el consentimiento fundamentado de sus poseedores legítimos y participar responsablemente en la construcción de los marcos jurídicos que orienten la contribución del país, bajo esquemas justos y equitativos, al aprovechamiento mundial de sus recursos genéticos.

 

 

Diversidad Ambiental ©, es una publicación virtual de Paco Calderón