La reciente
Reforma Energética en México ha subestimado la seguridad
hídrica del país
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Son
más de 10 millones de personas las que no tienen hoy acceso
al agua potable y más de 3 millones sin servicios de
electricidad
*
Es prioridad la extracción de hidrocarburos y no así en la
infraestructura hídrica y el manejo sustentable del agua del
país
* En el Día Mundial del Agua, llama la ONU a analizar los
vínculos entre agua y energía
Por Antena Radio
Tercera Emisión /
Sección Medio Ambiente, ¿Qué puedo
hacer yo?, con Francisco Calderón Córdova / IMER Horizonte
107.9 FM, 1220 AM y Radio México Internacional /
24 de marzo de 2014.

El
pasado sábado -22 de marzo- se conmemoró el Día Mundial
del Agua, y este año la Organización de las Naciones
Unidas ha querido destacar el delicado vínculo que existe
entre agua y energía. Sin duda, un tema de primer orden al
referir a dos necesidades básicas para garantizar el
bienestar humano y el desarrollo sustentable.
Tal vez, la percepción más inmediata que nos viene a la
cabeza al hablar de agua y de energía sea la generación de
electricidad; muy seguramente pensamos en hidroeléctricas
como La Angostura, Chicoasén, Malpaso y Peñitas (todas en el
sistema hidroeléctrico del Río Grijalva), entre otras más de
un conjunto de más de 64 centrales de este tipo ubicadas en
todo el territorio nacional y responsables de la generación
de cerca del 13 por ciento de toda la energía eléctrica del
país. Sin embargo, pocas veces o casi nunca consideramos los
elevados consumos de energía eléctrica que implica la
extracción, el tratamiento, el transporte y la distribución
del agua entre las decenas de millones de consumidores
mexicanos.
En todo el planeta, alrededor del 8 por ciento de toda la
generación de energía se utiliza para extraer el agua de sus
fuentes subterráneas y superficiales, para potabilizarle y
hacerla llegar a más o menos las dos terceras partes de la
población mundial. La otra tercera parte de la humanidad,
desafortunadamente, carece de acceso a fuentes de agua de
calidad y no cuenta con instalaciones para su saneamiento.
Un reto colosal, sin duda.
Por regla general, es sabido que la población que no tiene
acceso al agua de calidad suele ser la misma que tampoco
cuenta con electricidad. En México, son más de 10 millones
de personas las que no tienen hoy acceso al agua potable y
más de 3 millones sin servicios de electricidad.
Y hablando de generación de energía, en el mundo, las
centrales termoeléctricas (es decir, las que funcionan con
la quema de petróleo o de gas natural) hoy producen hasta el
80 por ciento de toda la electricidad; y su consumo de agua
es elevadísimo. En México –de acuerdo con cifras oficiales-,
tan sólo para el funcionamiento de las plantas
termoeléctrica, se utiliza más del 5 por ciento de toda el
agua potable disponible en nuestro territorio; y esta
tendencia va a la alza, considerando el crecimiento
experimentado en décadas recientes y el proyectado para este
sector como consecuencia de la reforma energética.

Ahora bien, la extracción, potabilización y distribución del
agua es una actividad que –por su parte- tiene altísimos
consumos de energía y, por tanto, impactos ambientales por
la quema de combustibles fósiles. Recodemos que, en México,
la mayor parte de la población está asentada en las zonas
más secas del país (las regiones norte y centro), lo que nos
ha obligado históricamente a utilizar grandes volúmenes de
electricidad para extraer agua subterránea de centenares de
pozos o para transportarla entre cuencas.
El ejemplo más contundente de esto es el Sistema
Lerma-Cutzamala, que surte alrededor del 30 por ciento del
agua que consume la Ciudad de México. Se dice que las seis
plantas de bombeo utilizadas para subir el agua desde el
estado de México hasta el Distrito Federal, consumen en su
conjunto la energía eléctrica de la ciudad de Puebla. Pero
cuando sabemos que esa misma proporción de agua es la que se
pierde en fugas en la red de distribución de la capital, nos
resulta evidente que en este país no se han tomado
decisiones correctas para equilibrar el vínculo entre el
aprovechamiento sustentable del agua y el uso racional de la
energía.
Para quienes, desde la perspectiva del desarrollo
sustentable, vemos que la reforma energética ha puesto el
principal acento en la extracción de hidrocarburos y no así
en la seguridad hídrica del país, no deja de ser muy
preocupante por los escenarios que esto implica. Yo
esperaría que el llamado de la ONU para que este año se
reflexione sobre los vínculos entre agua y energía, sea
motivo de hondas reflexiones por parte de todos los
mexicanos.
Es impostergable hacer grandes, enormes inversiones en
infraestructura hídrica, tanto en las zonas urbanas –como es
la Ciudad de México- así como en el campo, compatible con
nuestra realidad económica, social y ambiental. Pero
también, transitar hacia fuentes limpias de generación de
energía. En ello nos
estamos jugando la viabilidad de un proyecto de país que,
lamentablemente, podría no cuajar y terminar por morirse de
sed.
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