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La mitad de los alimentos producidos en el mundo terminan en la basura: FAO 

 

En México, cada año se destruyen alimentos suficientes como para dar de comer a 33 millones de personas; 28 millones de mexicanos padecen hambre y desnutrición

En México, más de dos terceras partes del territorio está degradado por la pérdida de selvas y bosques para dedicar el suelo a la producción agropecuaria 

 

Antena Radio / Edición vespertina / Sección Medio Ambiente, ¿Qué puedo hacer yo?, con el Lic. Francisco Calderón Córdova / 107.9 de FM y 1220 de AM, 11 de febrero de 2013.

 

Frecuentemente, hago mis compras en estos almacenes donde se venden productos bajo el esquema del “medio mayoreo”. Comprar productos de limpieza, detergente, servilletas, papel de baño y, en general, artículos no perecederos me ha resultado muy adecuado para lograr cierto ahorro en mi economía. 

Pero debo decir que siempre me ha inquietado ver la venta de grandes volúmenes de alimentos (como frutas, carnes y verduras, entre otros) que, para ser consumidos con relativa frescura, suponen que su ingesta sea lo más pronto posible. Me he dado cuenta de que, en muchas ocasiones, el perfil de los compradores de productos perecederos en estos almacenes de medio mayoreo, aparentemente, no son los jefes de familias numerosas sino, por el contrario, personas que viven solas o parejas jóvenes y sin hijos. 

Este hecho, siempre me ha llevado a suponer que existe un enorme desperdicio de alimentos en el país; y esta mañana, al leer los periódicos, corroboro que mis sospechas son, desafortunadamente, verdaderas. Resulta que una tercera parte –y posiblemente la mitad- de las 4 mil millones de toneladas métricas de alimentos producidas en todo el mundo, terminan por tirarse a la basura. 

 

 

Así lo han estimado la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y, por su parte, el Instituto de Ingenieros Mecánicos de Londres, quienes atribuyen este alarmante hecho a diversas causas. Primero, existen métodos de recolección, almacenamiento y transporte de alimentos altamente deficientes en todo el mundo, y; segundo, subsisten conductas irresponsables por parte de los consumidores y de comerciantes minoristas. Por ejemplo, enormes volúmenes de alimentos son rechazados por razones exclusivamente cosméticas, es decir, simplemente porque no se ven “bonitos”. De acuerdo con la FAO, en los países desarrollados una persona desperdicia entre 95 y 115 kilos de alimentos; mientras que en África y Asia, esta tasa es de 9 a 11 kilos per cápita.  

La Asociación Mexicana de Bancos de Alimentos (AMBA) asegura que en nuestro país las empresas reportan que, cada año, están destruyendo un volumen de alimentos suficiente como para dar de comer a 33 millones de personas. Esto –entre otras causas-, porque ignoran los beneficios fiscales que les reportaría la donación de estos productos a los bancos de alimentos. Sin duda, un dato paradójico cuando sabemos que al menos 28 millones de mexicanos padecen hoy carencias alimentarias y desnutrición aguda.

Esta distorsión en la ecuación de la seguridad alimentaria del país, afecta directamente a nuestra riqueza natural. Más de dos terceras partes del territorio nacional están hoy severamente degradadas, porque durante décadas hemos hecho crecer la superficie agrícola o para la producción de alimentos, a costa de la desaparición de los bosques y de las selvas donde habita la diversidad biológica o de donde proviene el agua.

Me parece que cualquier esfuerzo por remontar la pobreza alimentaria y la desnutrición en México –como lo busca la llamada Cruzada contra el Hambre-, deberá no sólo concentrarse en hacer más eficientes los canales de acopio, almacenamiento y distribución de alimentos, o en conseguir mejores prácticas en el comercio y en los consumidores para abatir el desperdicio. También, es necesaria una revaloración del papel que juegan el capital natural del país, los ecosistemas y su manejo sustentable para la seguridad alimentaria y, en última instancia, para la viabilidad del desarrollo nacional.

Una “cruzada contra el hambre” no debe incorporar únicamente a esos millones de mexicanos que hoy tristemente la padecen y a las autoridades que se proponen atenderla. Un esfuerzo de esta magnitud debe sumar también a quienes no sólo no padecemos hambre, sino que en muchas ocasiones –y de manera irresponsable- desperdiciamos los alimentos (por detalles tan simples como no saber diferenciar entre una fecha de “consumo preferente” y una “fecha de caducidad”). 

 

Diversidad Ambiental ©, es una publicación virtual de Paco Calderón