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Irresponsable, atribuir la culpabilidad de muertos en Cerro de la Estrella a los "perros asesinos"

 

Hasta hoy, permanecen impunes los asesinatos de cinco personas; lo más sencillo ha sido culpar a perros asilvestrados y no llegar al fondo del asunto

Inadecuado marco legal, falta de regulación del mercado, un sistema educativo y de justicia que no antepone el valor de la vida, son los verdaderos responsables del crimen

 

Antena Radio / Edición vespertina / Sección Medio Ambiente, ¿Qué puedo hacer yo?, con el Lic. Francisco Calderón Córdova / 107.9 de FM y 1220 de AM, 14 de enero de 2013.

 

El caso de las cinco personas halladas muertas en el Cerro de la Estrella, entre el 16 de diciembre y el 14 de enero pasado, debiera avergonzarnos superlativamente como sociedad; primero, porque su asesinato permanece –hasta hoy- impune y sin una explicación contundente y, segundo, porque la irresponsabilidad de las autoridades capitalinas y de muchos medios de comunicación buscó inculpar a un puñado de perros de un hecho tan monstruoso como inédito.

 La Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) se ha limitado a responsabilizar públicamente de estas muertes a “perros salvajes”. En consecuencia, llevó a cabo razias que han sido severamente cuestionadas por grupos defensores de los animales y por especialistas en la legislación en la materia, además de alguna autoridad ambiental local. El hecho es que, hasta el día de hoy, en ninguno de los perros asegurados por la Procuraduría General de Justicia capitalina (PGJDF) se han encontrado rastros de hueso o de carne humana, y, por el contrario, en su mayoría se trata de animales retraídos y mansos. 

Otra versión menos inverosímil a la de la Procuraduría, es la que apunta al uso de perros entrenados para pelea y utilizados por sus dueños para atacar y asesinar de manera deliberada a las personas. También, hay quienes aseguran que en alguna de las alrededor de 60 cuevas de la zona del Cerro de la Estrella (específicamente en la llamada “Cueva del Diablo”), se efectúan ritos esotéricos en los que son sacrificadas personas y animales. Esto, tampoco ha podido ser comprobado. 

Y, bueno, algunos analistas en medios de comunicación y redes sociales ya equiparan la noticia de los mal llamados “perros asesinos” con leyendas urbanas como la del “Chupacabras”. Califican a este hecho como una cortina de humo fraguada intencionalmente por los gobernantes en turno, con el único fin de quitar la atención de la opinión pública sobre los hechos con los que dio inicio su administración. 

Sea cual sea la explicación que nos presenten (como están obligadas a hacerlo las autoridades investigadoras de los cinco homicidios en el Cerro de la Estrella), el caso es que se ha actuado irresponsablemente y, con esto, se reproduce un oscuro principio por el que México vive hoy una escalada de violencia: el de la creciente y sistemática falta de respeto hacia la vida. Suponiendo sin conceder que, efectivamente, un grupo de perros no hubiera actuado como carroñero de cadáveres abandonados y, en cambio, provocado “por su propio hocico” la muerte de las cinco personas (lo que –al igual que a los especialistas de la de la UNAM-, a mí me resulta altamente improbable), entonces la responsabilidad del hecho no es en absoluto ni exclusivamente imputable a los animales.

Además de quien o quienes hayan fraguado este crimen, es responsable también un sistema legal que nos permite hacernos de un animal de compañía sin exigirnos obligaciones muy puntuales y, peor aún, sin sancionar severamente su incumplimiento. Es responsable el funcionamiento de un mercado que comercia con las vidas de los animales como si éstas fueran mercancías, y que no garantiza el trato justo y la dignidad que cualquier ser vivo merece. Pero también, es responsable un sistema educativo y de justicia en México que no nos ha enseñado a respetar a la vida en todas sus expresiones. Es tal nuestro adormecimiento y falta de consideración como sociedad, que cotidianamente podemos escuchar cifras y estadísticas espeluznantes de personas asesinadas, y no todos expresamos indignación ni actuamos en consecuencia. Justificamos nuestra inacción diciendo: “¡Ah, fue el narco”…, “¡Ah, fueron los perros asesinos!”.

Efectivamente, la historia de los perros del Cerro de la Estrella ha dado la vuelta al mundo, y esto –para mí- es una gran vergüenza. Pienso en países donde la gente puede incluso entrar a una tienda, a su oficina o a un restaurante acompañada de su perro. La única lectura posible en estas sociedades -muchas ya educadas en la bioética-, será que los mexicanos, concretamente, los habitantes de la Ciudad de México, somos "unos salvajes”.

Con toda sinceridad, deseo que se haga justicia a las víctimas mortales de estos hechos y que sus familias encuentren en ello un poco del consuelo que necesitan y que están buscando.

 

Diversidad Ambiental ©, es una publicación virtual de Paco Calderón