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Disminución de la variedad lingüística en México, es sintomática de la pérdida de diversidad biológica

 

La población que habla lenguas indígenas en Campeche y Tabasco, ha reducido alrededor del tres por ciento durante los últimos diez años  

 

En Chiapas, donde el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas y la Secretaría de Educación del estado trabajan de manera coordinada, la tendencia es hacia al alza

Antena Radio / Edición vespertina / Sección Medio Ambiente, ¿Qué puedo hacer yo?, con el Lic. Francisco Calderón Córdova / 107.9 de FM y 1220 de AM, 28 de marzo de 2011.

 

 

Por su gran variedad biológica y de especies de flora y fauna, México es considerado como una nación “mega-diversa”. Somos el cuarto país con la mayor diversidad de especies vivas en todo el planeta, y este hecho –además de significarnos una enorme responsabilidad- nos hace poseedores también de una gran riqueza cultural que, por cierto, estamos obligados a preservar. 

La diversidad lingüística de México es también una expresión de cómo los distintos pueblos y culturas, conocen y se apropian de los componentes de los ecosistemas en los que habitan. De acuerdo con la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio), en México se han reconocido hasta 364 variedades lingüísticas, lo que coloca al país en el primer lugar en el continente americano –y en el quinto mundial- por el número de lenguas que se hablan en su territorio. 

No es algo casual que en los estados de la República Mexicana donde existe una considerable diversidad de paisajes, de plantas y de animales, sea donde se habla la mayor variedad de lenguas indígenas. Muchos de los elementos presentes en estos ecosistemas (como algunas hierbas, insectos, plantas o animales), al día de hoy sólo tienen una referencia específica en lengua indígena. Más aún, los usos y las aplicaciones prácticas de algunos de estos recursos naturales (como en la alimentación o en la medicina), sólo se explican hoy a través de la comprensión de los valores, de los hábitos culturales y de las lenguas indígenas. Reconozcamos que el dominio de ciertas especies vegetales y animales en los mercados, en el comercio y en la cultura, ha desplazado y hasta condenado al olvido a muchas otras especies y variedades silvestres tradicionales, que han sido esenciales en nuestra relación con esta tierra.

En 1997, la asociación civil “Grupo Dzíbil”, con el apoyo de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, publicó “El Libro de los Médicos Yerbateros de Yucatán”, un compendio de textos sacados del Chilam-Balam y de otros documentos de la cultura maya, y que contiene un detallado catálogo de gran parte de la flora y la fauna peninsular, así como un significativo número de aplicaciones para tratar distintas enfermedades. En el prólogo de la citada obra, esta agrupación lanzaba una voz de alerta para no dejar desaparecer –frente a la invasión de las farmacéuticas trasnacionales-, a una ciencia médica milenaria y vigente aún entre los pueblos de lengua maya de la Península de Yucatán. Pero, sobre todo, “Grupo Dzíbil” hacía un llamado a recuperar el conocimiento tradicional sobre los ecosistemas y los recursos naturales de aquella vasta región del país.

Desafortunadamente, este importante acervo de conocimientos de herbolaria y uso de la biodiversidad –y que es el resultado de observaciones milenarias hechas por los pueblos mayas yucatecos-, se ha venido perdiendo. Tan solo durante los últimos diez años, y según lo revelan datos del último Censo de Población del INEGI, el número de población que habla la lengua maya en Campeche se redujo en alrededor del tres por ciento. Esto significa, también, una pérdida del conocimiento tradicional y del entorno natural yucateco.   

El Censo de Población 2010 revela que esta pérdida de diversidad lingüística en México, es un fenómeno más extendido (y en términos ambientales debe alarmarnos);  resulta que el número de personas que en Tabasco hablan el chontal, ha reducido hasta en un cinco por ciento en el mismo período de diez años. Ésta, es una tendencia similar a la que se está observando, desafortunadamente, entre las etnias náhuatl, zapotecas y otras más. Sin embargo, algunos esfuerzos por la conservación están rindiendo frutos. En Chiapas –por ejemplo-, donde el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas y la Secretaría de Educación del estado trabajan de manera coordinada, afortunadamente la tendencia es hacia al alza de hablantes de lengua chol, de tzotzil y de tzeltal (lo que es una buena noticia, dada la enorme biodiversidad chiapaneca).

Cualquier esfuerzo para la conservación de la riqueza y la defensa de los recursos naturales del país, tendrá que pasar necesariamente por la atención y el reconocimiento de las culturas indígenas, por el impulso a sus formas de organización y conocimiento, y por la decidida promoción de las lenguas tradicionales. Esta tendencia negativa en nuestra diversidad lingüística –registrada apenas durante los últimos diez años- puede y debe ser revertida para el bien del país y de sus recursos naturales. Reconozcámonos pues, de una vez y por todas, como el pueblo multicultural, multiétnico y “mega-diverso” que todavía somos.

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