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Urge transparencia en mecanismos de financiamiento internacional para combatir cambio climático 

 

Ni Copenhague fue un fracaso rotundo ni Cancún ha sido un éxito espectacular. Simplemente, han sido dos momentos cruciales de una negociación que, comparada con el deterioro del planeta, avanza con preocupante lentitud

 

Antena Radio / Edición vespertina / Sección Medio Ambiente, ¿Qué puedo hacer yo?, con el Lic. Francisco Calderón Córdova / 107.9 de FM y 1220 de AM, 13 de diciembre de 2010.

 

La madrugada del sábado, en la ciudad de Cancún, finalizó la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático –la COP 16- y, en su gran mayoría, las opiniones que hemos conocido a través de los medios apuntan hacia un proceso de negociaciones y resultados muy exitosos.

En general, se considera que en la reunión de Cancún las partes –es decir, las 194 naciones participantes- han recuperado no sólo la confianza en los mecanismos establecidos por la Organización de las Naciones Unidas para propiciar el diálogo y alcanzar acuerdos en materia de lucha contra el cambio climático; sino –sobre todo- se ha retomado la esperanza de que los esfuerzos concertados por los gobiernos y los pueblos del mundo, harán posible enfrentar y superar con éxito a la peor amenaza que desafía hoy a la vida en el planeta: el calentamiento global.

Los Acuerdos de Cancún (que muchos coinciden en calificar como “deficientes, pero equilibrados”) han establecido un piso, una base común a partir de la cual las naciones del mundo deberán instrumentar acciones para enfrentar y revertir distintos procesos que están contribuyendo al acelerado deterioro del medio ambiente del planeta. Ciertamente no como un mecanismo vinculante –es decir, de carácter obligatorio para todos-, sino como compromisos de cumplimiento voluntario, los Acuerdos de Cancún establecen que los países firmantes deberán promover y realizar acciones encaminadas a reducir significativamente las emisiones a la atmósfera de gases de efecto invernadero. La meta es evitar que la temperatura promedio en el mundo se eleve por encima de los dos grados centígrados (algo ya señalado, pero no acordado formalmente durante la reunión del año pasado en Copenhague).

De la COP 16, sorprende especialmente el compromiso asumido por China en materia de reducción de gases de efecto invernadero. Siendo ésta una nación que formalmente no está obligada y que nunca ha firmado algún tratado que le obligue a transformar los ritmos de su producción industrial, en Cancún se comprometió a disminuir hasta en un 45 por ciento sus emisiones de carbono por unidad del PIB para el año 2020, en referencia a los niveles de 2005. La India, por su parte, acordó reducir sus emisiones de carbono hasta en un 25 por ciento para el año 2020; y Chile, desarrollará proyectos internos para abatir significativamente sus emisiones para ese mismo período.

Dos mecanismos acogidos prácticamente por todas las naciones (con el disenso de Bolivia), fueron la creación del Fondo Verde y el del Programa de Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación (REDD Plus). El primero –el Fondo Verde-, deberá reunir para el año 2020 alrededor de 100 mil millones de dólares, que se destinarán a los países menos desarrollados para la realización de obras y proyectos dirigidos fundamentalmente a la mitigación y adaptación al cambio climático. En el caso de REED Plus, en los mese por venir deberán hacerse mayores precisiones para definir la manera en que las naciones recibirán y destinarán el financiamiento, para implementar proyectos que reduzcan la deforestación y garanticen la sustentabilidad de sus bosques y selvas.

En este tema, creo que será importante no sólo escuchar sino analizar detenidamente las razones del disenso boliviano, pues existe un gran temor (ciertamente no infundado) de que los mecanismos operados por el Banco Mundial y por otras instancias financieras internacionales, terminen por hipotecar los bosques de las naciones pobres y convirtiéndoles en simples proveedores de recursos naturales para los países industrializados. En fin, muchos otros acuerdos  (como los relativos a la incorporación del tema ambiental en los programas educativos) fueron alcanzados en Cancún y, poco a poco, iremos conociéndoles y asumiéndoles.

En mi opinión –y reaccionando al ruido mediático sobre el tema-, ni Copenhague fue un fracaso rotundo ni Cancún ha sido un éxito espectacular. Simplemente, han sido dos momentos cruciales de una negociación que, comparada con el deterioro del planeta, avanza con preocupante lentitud. Como lo comenté en entrevista con Nora Patricia Jara el viernes pasado, las negociaciones y la instrumentación de los mecanismos internacionales para financiar el combate al cambio climático, demandan ahora que trabajemos todos en función de darles transparencia y certidumbre. En ese sentido, no tengo dudas: Cancún, efectivamente, fue una aportación positiva.   

 

 

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