Construcción de
la Supervía Poniente en el DF, oportunidad para
ordenar el caótico crecimiento de la ciudad sobre sus
barrancas
Cada año, aquí se pierden entre 400 y 600 hectáreas de
territorio de conservación, sobre el que se ha tejido un
verdadero desorden en el uso del suelo, el transporte y el
manejo de los servicios para la población
La Secretaría del Medio ambiente capitalina impondrá 45
condicionantes adicionales a las 60 “de cajón” ya
establecidas en la normatividad ambiental vigente
Antena Radio / Edición
vespertina / Sección Medio Ambiente, ¿Qué puedo hacer yo?,
con el Lic. Francisco Calderón Córdova / 107.9
de FM y 1220 de AM,
12 de julio de 2010.
Las montañas, bosques y barrancas del sur y del poniente de
la Ciudad de México, han estado históricamente sujetas tanto
a la destrucción como a la defensa y protección de sus
recursos naturales. De ello existe un amplio testimonio en
códices, ordenanzas, reglamentos y otros documentos que
datan de las épocas prehispánica, colonial, independiente,
moderna y contemporánea.
Existe un reconocimiento unánime de la importancia que
tienen estos ecosistemas –particularmente las barrancas del
sur poniente del Distrito Federal- para la captación de agua
de lluvia, la regulación de los vientos y el clima del Valle
de México en general. En el siglo XIX, Alexander Von
Humboldt, o, en el siglo XX, Miguel Ángel de Quevedo,
advertían ya que deforestar y afectar esta parte del
territorio repercutía en una pérdida del equilibrio
hidrológico y climático de la capital.
Es un hecho que, durante los últimos 60 años, se ha
incrementado y consolidado notablemente el avance de la
mancha urbana sobre las montañas, bosques y barrancas del
DF. Cada año, aquí se pierden entre 400 y 600 hectáreas de
territorio de conservación, sobre el que se ha tejido un
verdadero desorden en el uso del suelo, el transporte y el
manejo de los servicios para la población. La ciudad misma y
sus contrastes están presentes ya en las barrancas; ahí es
posible encontrar asentados desde grandes corporativos
empresariales, centros comerciales, universidades y
vialidades saturadas, hasta improvisadas e insalubres
viviendas sin ningún tipo de servicio. Alrededor del 14 por
ciento de la población del Distrito Federal, vive hoy en
esta parte de su territorio.

Este fin de semana, el Gobierno de la Ciudad anunció la
construcción de una importante arteria vial conocida como la
Supervía. Con un poco más de cinco kilómetros de
longitud, esta vialidad de peaje será construida sobre una
considerable porción de las barrancas del poniente y sur
poniente del Distrito Federal. El objetivo es desahogar la
intensa carga vehicular del Anillo Periférico, entre Luís
Cabrera, en San Jerónimo, y Santa Fe, en Cuajimalpa.
A diferencia de los segundos pisos del Periférico (que
fueron construidos sobre una vialidad ya existente), esta
obra de interés público afecta a muchos particulares que ya
han manifestado su oposición al proyecto a través de
distintas vías –incluso las institucionales. De manera
legítima, ciudadanos preocupados por la protección del medio
ambiente han invocado la relevancia ecológica y la posible
afectación de las alrededor de 33 barrancas involucradas en
la construcción de la Supervía.
En respuesta, la Secretaría del Medio ambiente capitalina ha
anunciado que, tomando en cuenta la opinión de vecinos, de
expertos y de otras autoridades, impondrá a la empresa
constructora el cumplimiento de 45 condicionantes
adicionales a las 60 que tiene que cumplir “de cajón” ya
establecidas en la normatividad ambiental vigente. Entre
otras cosas, se obligará a sembrar 112 mil árboles, contar
con un programa que garantice la recarga del acuífero,
incorporar al transporte público a esa vialidad y aportar el
equivalente al 1.5 del valor total de la obra para la
creación de un fondo ambiental público.
La construcción de la Supervía –desde mi punto de
vista- pudiera plantear dos escenarios en el ámbito
ambiental: uno, que de cumplirse cabalmente con las
condicionantes y con la normatividad ambiental, la obra
pueda convertirse en un factor que promueva orden al caótico
crecimiento de la ciudad sobre sus barrancas, o; segundo,
que detone un mayor caos en el uso del territorio y agrave
–aún más- su avanzado deterioro. La probabilidad de que
suceda una cosa o la otra, dependerá en gran medida del
grado en que todos los involucrados en el proyecto cumplan
con la ley.

Tragedias como la que hoy atestiguamos en la ciudad de
Monterrey, donde miles de familias lo perdieron todo a causa
de las lluvias del huracán Alex, no sólo se explican
por los efectos del cambio climático. En una gran
proporción, son consecuencias atribuibles a la inobservancia
de la ley por parte de todos y a la corrupción que ha
permitido, durante décadas enteras, el asentamiento de la
población en sitios de riesgo (como lo son las barrancas).
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