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En éste y en otros foros, he asegurado que –al menos en
materia ambiental- México cuenta con los instrumentos
legales y normativos suficientes para garantizar la
conservación y el aprovechamiento sostenible de sus recursos
naturales y del territorio. Pero también, he subrayado que
la persistente inaplicación de la ley en el país, la
corrupción en los órganos estatales encargados de procurar
justicia y la escasa educación ambiental de la población,
son una peligrosa mezcla que sólo puede tener consecuencias
como las que vivieron el pasado fin de semana decenas de
miles de personas en distintos barrios de Ecatepec,
Coacalco, Tultitlan (en el Estado de México), Azcapotzalco y
Gustavo A. Madero (en el Distrito Federal).
En sus declaraciones a los medios de comunicación,
Eruviel Ávila Villegas, alcalde de Ecatepec, aseguró
que nunca antes en ese municipio se había visto
llover de tal manera y, mucho menos, registrado
pérdidas humanas y materiales de esa magnitud. Ramón
Aguirre, titular del Sistema de Aguas de la Ciudad
de México, equiparó los casi 8 millones de metros
cúbicos que llovieron el viernes pasado sobre las
delegaciones Azcapotzalco y Gustavo A. Madero, con
la cantidad de agua suficiente para llenar cuatro
estadios Azteca.
En gira por Tultitlan, el gobernador mexiquense de
plano responsabilizó de los trágicos hechos a los
encargados de la limpieza y del mantenimiento del
sistema de cárcamos que debiera regular el descenso
del agua desde la Sierra de Guadalupe y a lo largo
de la compleja red de ríos y canales de la zona.
Ambas declaraciones muestran la sorpresa de estos
servidores públicos ante los inusuales
acontecimientos climáticos del viernes 30 de octubre
en el norte de la Ciudad de México, pero también
todos omiten reconocer las raíces del problema y
–por tanto- plantear soluciones coordinadas y
contundentes.
En prácticamente todas las leyes ambientales y
territoriales del país, existen ordenamientos que
prohíben –por ejemplo- la construcción de vivienda y
los asentamientos humanos en las barrancas o en los
cauces de los ríos. Pero, en los hechos, miles de
familias en el Valle de México, de todas las clases
sociales, ocupan barrancas y cauces de ríos sin que
ninguna autoridad ambiental de los tres órdenes de
gobierno haya podido hacer absolutamente nada para
evitarlo. El desconocimiento o el incumplimiento
deliberado de la ley, tanto por los ciudadanos como
por las autoridades públicas, tiene hoy un costo
palpable y, desde luego, muy lamentable en la
calidad de vida y el bienestar de muchísimas
familias.
Como lo ha declarado el director del Centro de
Ciencias de la Atmósfera de la UNAM, el doctor
Carlos Gay García, el Panel Intergubernamental
sobre Cambio Climático ya había pronosticado
fenómenos como los que vivimos el viernes pasado en
el norte de la ciudad o, el domingo 6 de septiembre,
en Valle Dorado. A pesar de que hay información
abundante al respecto –y yo agregaría, de que
contamos con legislación suficiente-, las
autoridades no han realizado acciones ni obras para
prevenir los impactos o para minimizar los costos
del cambio climático.
Es contrastante que, mientras las autoridades
realizan un corte del 40 por ciento en el suministro
de agua potable del Sistema Cutzamala a la población
de la Ciudad de México, por otra parte miles de
millones de litros de agua corren descontrolados y,
con su imponente fuerza, devastan a miles de
familias en el norponiente del valle.
A mí no me queda ninguna duda: aunque la legislación
dice cómo y nos da las herramientas para administrar
de manera sostenible los recursos naturales del
país, lo cierto es que el predominio del interés
particular sobre el colectivo, la corrupción en
todos los sectores y la desvinculación de las
decisiones públicas con el conocimiento científico,
nos están reservando tragedias tan penosas como la
del fin de semana.
Por seguridad, por la de nuestra familia y la de
nuestro patrimonio, busquemos asesoría para conocer
nuestros derechos y obligaciones ambientales y,
desde luego, acatemos y exijamos su cabal
cumplimiento.▄
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