La epidemia de influenza
humana ya era esperada por científicos y especialistas
El virus fue fabricado e incubado en la compleja matriz que
configura la relación entre el ser humano, su desmedido
crecimiento poblacional, la producción industrial y el
consumo masivo de animales de granja; y, por si no bastara,
el efecto del calentamiento global sobre las condiciones
ambientales en todos los rincones del planeta y –la peor
variable- la ignorancia.
Antena Radio / Edición
vespertina / Sección Medio Ambiente, ¿Qué puedo hacer yo?,
con el Lic. Francisco Calderón Córdova / 107.9
de FM y 1220 de AM,
11 de mayo de 2009.
Después de dos semanas y media de contingencia sanitaria en
México, me resulta difícil sustraerme de reflexionar sobre
la epidemia de la “influenza humana” (en un principio,
identificada como “influenza porcina”) causada por el virus
identificado como A1-H1N1 y que hoy ha alcanzado ya a la
población de más de una treintena de países en todo el
planeta.
Es triste constatar que comienzan a cumplirse los
pronósticos más pesimistas que formularon –desde ya hace
varios años- los especialistas en salud y medio ambiente, en
el sentido de que el impacto de las actividades humanas
sobre el medio ambiente se traduciría en epidemias más
frecuentes y en el surgimiento de nuevas enfermedades. En el
año 2007, un
informe de la Organización Mundial de la Salud, titulado “Un
futuro más seguro” señalaba el hecho de que en los
últimos 40 años se han descubierto al menos 39 agentes
patógenos, tales como el VIH (causante del Sida), el virus
de Ébola, la fiebre hemorrágica (o de Marburgo) y el SARS.
Este documento dejaba ver ya una fundada preocupación por
parte de los científicos sobre la probable expansión a todo
el mundo de la gripe aviar y de una nueva cepa de
tuberculosis resistente a los medicamentos. La OMS calificó
entonces a estas enfermedades como “grandes peligros” para
la humanidad. Y es que debido al vertiginoso desarrollo de
las comunicaciones y la globalización del comercio, un virus
o una bacteria puede viajar hoy en cuestión de horas a
cualquier otra parte del planeta e infectar –a través de su
portador humano- a distintas poblaciones.
A la luz del citado informe de la OMS, ya desde hace años
esperábamos una nueva epidemia, solamente que no la
esperábamos aquí, ni con un virus nuevo. Un virus fabricado
e incubado en la compleja matriz que configura la relación
entre el ser humano, su desmedido crecimiento poblacional,
la producción industrial y el consumo masivo de animales de
granja; y, por si no bastara, el efecto del calentamiento
global sobre las condiciones ambientales en todos los
rincones del planeta y –la peor variable- la ignorancia.
Para desactivar este explosivo cóctel que amenaza la
sobrevivencia de la especie humana, ya hemos dado pasos
importantes a lo largo de la historia. Un importante parte
aguas en la lucha contra las epidemias fue identificar a la
higiene personal y al aislamiento de los enfermos como el
primer frente de batalla en contra de los patógenos (como
sucedió después de la epidemia de peste en Londres que,
durante la segunda mitad del siglo XVII, mataba diariamente
a 3 mil londinenses). Los avances en el terreno de la
medicina, particularmente durante el siglo XX, nos dieron un
confort nunca antes visto en cuanto a la salud pública.
Y no menos importante ha sido la actuación responsable de
gobiernos y medios de comunicación, para informar y
favorecer la adecuada acción de la colectividad frente a
contingencias como –por ejemplo- la pandemia del VIH-Sida
(que hoy afecta a más de 33 millones de personas en todo el
mundo), la epidemia del SARS en el continente asiático y
–desde luego- la actual influenza humana.
Si bien hay mucho por investigar y descifrar respecto al
comportamiento de los microorganismos que afectan al reino
animal, sus mecanismos de incubación y de transmisión, así
como la forma de combatirles, creo que también está
pendiente un análisis serio de nuestra relación con el medio
ambiente y la forma en que consumimos o aprovechamos los
recursos naturales. En México, la epidemia de la obesidad
afecta a dos terceras partes de la población, básicamente
por una inadecuada información sobre hábitos correctos de
alimentación. No permitamos que, por ignorancia, la amenaza
de la influenza humana escale a estas costosas magnitudes.
Vaya una felicitación para el IMER por el esfuerzo de
comunicación que, a lo largo de estas semanas, ha desplegado
hacia la población. ▄